PSICOANÀLISI
R
Llegeixo amb interès les paraules de José L. Gonzàlez Faus, sj. en un dels darrers quaderns de Cristianisme i Justícia titulat "El naufragi de l'esquerra". En tant psicòleg i amatent a la interacció amb diferents discursos, em pregunto novament fins a quin punt esdevé possible el creixement humà des del punt de vista individual i social, _ harmonitzant les seves contradiccions_ ,sense una profunda interpel·lació personal permanent amb allò que cadascú diu, fa i creu.

Des del punt de vista social, coincideixo amb la lectura d'un món on s'han imposat les estructures i les lògiques fonamentades "en el pitjor de la nostra pasta humana". On els grans relats i les causes mobilitzadores han deixat pas a l'escepticisme postmodern, caracteritzat sovint per la indiferència, la tolerància mal entesa, la indolència ... on raó i llibertat humana emergeixen aparentment més fortes i consolidades.

Em sembla però que sota l'empara dels discurs dominant i sense ser-ne prou conscients, raó, individu i la seva llibertat estan més que dominades per l'emoció. No m'estranya el triomf del concepte "líquid" per definir els trets de la realitat actual.

Des del punt de vista individual, la religió ens ha recordat sempre l'estructura pecaminosa de l'ésser humà. La psicoanàlisi emfatitza que per comprendre la formació de la nostra identitat, cal contemplar la subjecció a les empremtes de gaudi i l'impuls cap el seu retrobament parcial i inconscient, sovint a un preu força alt en quant a satisfacció de vida.

Quin pot ser l'esperit o motor de vida que pot empènyer en una actuació personal que esdevingui més tranquil·la i pacificadora vers nosaltres mateixos, els altres i el món que ens envolta?

Presoners sovint del miratge de la nostra particular existència, ignorants de la falta en ser que ens precedeix, deixem de costat paraules, accions, renúncies o silencis, que ens permetrien major coherència entre allò que som i allò que realment voldríem ser.

Joaquim Trenchs
Escrit a la Revista Valors
I
XI CONGRESO de la FUNDACIÓN EUROPEA PARA EL PSICOANÁLISIS

BARCELONA - 24, 25 y 26 de Marzo de 2017

EL SUJETO QUE SUFRE

Desafíos actuales para la clínica psicoanalítica y la clínica psiquiátrica


La Fundación fue creada para intentar responder a los problemas cruciales que enfrenta el psicoanálisis en nuestros días, tanto desde un punto de vista ético como político, y activar las posibles actuaciones de los psicoanalistas de un modo transversal, más allá de la pertenencia institucional o no, de cada cual.

En francés, "le sujet en souffrance" quiere decir a la vez, el sujeto que sufre y el sujeto a la espera. Sufre justamente porque aún no ha podido realizarse efectivamente, a causa de un goce que lo retiene estancado. No obstante, insiste repetitivamente mediante su síntoma, para que alguien lo escuche verdaderamente.

La biomedicalización de la atención psiquiátrica, es decir, los manuales clasificatorios que multiplican los diagnósticos, sin remitirlos a la estructura que determina los síntomas bajo el presupuesto de que los "trastornos" se deberían a problemas de la bioquímica cerebral, y por ende, políticas sanitarias que promueven el uso masivo de los psicofármacos a pesar de las investigaciones que ponen en entredicho su eficacia, tienden a forcluir la dimensión singular de cada sujeto, y por ende a impedir la escucha.


De esta forma, los psiquiatras, se ven en la posición de contener o controlar el malestar, sin poder atender aquello que está más allá de la demanda del sujeto, y sin el placer que experimentaban antaño los psiquiatras clásicos por la investigación científica que desarrollaban. De allí el malestar de los más lúcidos.

Los psicólogos que aplican las terapias cognitivo-conductuales también están cuestionando el uso masivo de psicofármacos, pero en la aplicación de su técnica se dirigen al sujeto psicológico, consciente, con el objetivo de readaptar su comportamiento, a pesar de que las neurociencias han establecido con claridad que la mayor parte de nuestra actividad psíquica es inconsciente.

No obstante, hay una diferencia fundamental entre el inconsciente cognitivo y lo inconsciente psicoanalítico. El inconsciente cognitivo, coincide a grandes rasgos con lo que Freud describía como preconsciente: aquello que podía ser consciente con un cierto esfuerzo de atención.

En cambio, lo inconsciente para el psicoanálisis es aquello reprimido, renegado o rechazado por el sujeto, justamente porque es inaceptable para su consciencia. El síntoma en este sentido, expresa la división misma del sujeto, que es el resultado de su incorporación al lenguaje. Incorporación traumática puesto que implica la pérdida de nuestro ser como vivientes, introduciendo en el ser hablante una carencia constituyente, de la que nada quiere saber.

El lenguaje nos humaniza, pero al mismo tiempo nos aliena a los significantes del Otro (la madre, el padre, la familia, etc.). Hay un saber que el sujeto no sabe, que le es ajeno, inconsciente, y que, no obstante, determina su deseo y sus modalidades de goce, afectando su propio cuerpo.

De allí que lo traumático rechazado, renegado o reprimido retorne en sus síntomas, esperando una escucha que haga posible que la verdad de la carencia sea reconocida -aunque sea en un medio-decir- y que el duelo pueda llevarse a cabo.

Esto requiere una orientación de la cura a la que el psicoanálisis puede aportar, porque implica que aquel que la dirige, se ubique paradojalmente, en el lugar de aquello que causa el deseo, en el lugar de la carencia, para que el sujeto sea el agente de su elaboración, y no el paciente de una terapia, ya sea aquella que cercena su palabra con el medicamento, o la que busca dirigir su conciencia y su acción.
El desafío para nuestras disciplinas, es ético y político a la vez. El sujeto que acude a nosotros con su síntoma, su sufrimiento y su dolor, requiere tiempo para efectuar el duelo no sólo de aquello que ha desencadenado en lo actual su malestar, sino de lo que el conflicto o la pérdida en el presente, evoca de su traumatismo constituyente.

El tiempo, debido al discurso capitalista en el que nos movemos, es aquello que está siendo forcluido en la atención psiquiátrica y psicológica, en función de una supuesta eficacia. Y con ello, el sujeto, olvidando que, como decía Lacan, es el tiempo.
E
MA: En alguna entrevista anterior ha dicho que para usted el sexo no es un placer, sino una responsabilidad, un acto de autocontrol. ¿Por qué es así?

SŽ: En primer lugar opongo, en un sentido lacaniano, el placer al goce, por supuesto cierta clase de placer. Hoy estamos ante una presión social que nos impone unos comportamientos sexuales, tengo la responsabilidad de hacer gozar a mi compañera, por ejemplo, y si lo hago me siento relajado. El acto sexual se presenta como una responsabilidad. Como dice Lacan, lo que se opone al placer no es la responsabilidad sino el goce, en el sentido de exceso traumático de placer. Por poner un ejemplo ingenuo: imagine que usted vive una vida tranquila, una vida familiar placentera, con sus amistades, sus costumbres, etcétera. En ese caso, la llegada del amor representa una catástrofe, supone, por decirlo con san Pablo o Carl Smith, la irrupción de un "estado de emergencia".

No es extraño que, por ejemplo, haya aparecido en EE.UU. una gran cantidad de libros contra el amor. Ahí tiene el caso del título del último libro de Judith Butler, el amor es una violencia ética, no te comprometas demasiado… Lo que más me interesa es precisamente este aspecto traumático del amor. En este sentido, para mí el amor es siempre ético, como si tu simple vida de placeres estúpidos fuera arrancada de cuajo. Los curas inteligentes, especialmente los católicos, conocían esto muy bien y sabían cómo manipularlo. Sus mensajes no consistían en decir no disfrutéis, os prohibimos esto y lo otro y cosas por el estilo, sino sé un poco más moral o bien no te tomes el amor tan seriamente con el fin de evitar su aspecto más traumático. Esto, que ya había sido subrayado por Lacan, es lo que siempre me ha fascinado de la tradición de la Iglesia católica. Lacan y Foucault sabían muy bien que todas esas disciplinas de control no tenían como fin tanto la prohibición de los placeres como su inducción.

Santo Tomás llegó a decir que era un pecado desear a la propia esposa. Ésa es la típica ambigüedad católica, por supuesto santo Tomás quiere decir que no debes desear a ninguna mujer, pero va más lejos. Los curas católicos han estado siempre fascinados por el hecho de que estar demasiado cerca de alguien puede llegar a ser traumático, pecaminoso. Me encanta ese conservadurismo radical que no tiene miedo de llegar hasta el límite y hace surgir la paradoja. ¿Recuerda esa clásica y maravillosa novela de Evelyn Waugh, también en la misma línea católica radical, conservadora, "Retorno a Brideshead"? En ella, a la pareja de protagonistas se le permite al final casarse, y sin embargo ¿qué hace ella? Abandona a su gran amor, le dice que no puede casarse, que sería demasiado traumático, que no sería soportable para Dios. La única manera de llegar a ser fiel a Dios es vivir una vida solitaria y promiscua, follando por ahí y por allá, porque de esa manera la protagonista siente que no traicionará a Dios. Y ése, según ella, es su deber para con la divinidad. Pero claro, eso es una locura para un católico o una católica.
Fragment entrevista. Per llegir més...
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MA: ¿Cuál sería en su opinión el papel del psicoanálisis en nuestros días? ¿Cómo puede ayudarnos a comprender el terrible malestar político que nos envuelve a un nivel planetario? Bosnia, Torres Gemelas, África, Iraq, etcétera. Sé que es una pregunta difícil de contestar brevemente, se halla en sus libros desde "El sublime objeto de la ideología" hasta los más recientes, pero quizá podría explicarlo…

SŽ: La primera idea que yo rechazaría rotundamente es la idea de que necesitamos el psicoanálisis clásico para analizar los así llamados "fenómenos extremos". Mis amigos me dicen: "¡Oh, Dios mío, necesitamos el psicoanálisis para entender lo sucedido en Bosnia!". No, en realidad, el psicoanálisis lo necesitamos en todas partes. Mi impresión es que para entender lo sucedido en la ex Yugoslavia no son suficientes los análisis políticos pasados de moda. No me gustan esas aproximaciones espontáneas en las cuales se estigmatiza algunos países en los que por haber, por ejemplo, fenómenos terroristas, se reclama el psicoanálisis. De hecho, el psicoanálisis lo necesitamos para comprender más bien qué sucede con Europa occidental en América. Yo creo que la respuesta es muy clara: una de las principales características de la historia europea en los últimos doscientos años es, para decirlo de forma simple, lo que Adorno y Horkheimer designaron como "Dialéctica de la ilustración", es decir, ¿cómo y por qué fracasó el proyecto de liberación del hombre? Y aquí el psicoanálisis nos puede ayudar de una manera muy específica.

Podríamos describir la percepción habitual del psicoanálisis de la siguiente manera: imagine a alguien que advierte que su sexualidad está reprimida, e inmediatamente desea tener relaciones sexuales liberadoras. Sin embargo, dado que ha interiorizado las instancias del superego, las prohibiciones sociales, no puede gozar de manera libre y espontánea de sus relaciones. En consecuencia, acude al psicoanalista pensando que el psicoanálisis debería ayudarle en este punto para hacerle más libres, para que sea capaz de superar esas prohibiciones sociales y gozar del sexo, etcétera. Es ésta una manera equivocada de concebir la función de la terapia psicoanalítica, porque es justamente lo contrario, no nos sentimos culpables porque las prohibiciones sociales nos impidan gozar, sino por todo lo contrario, por no ser capaces de seguir la ley del superego que lanza sobre nosotros el imperativo de gozar. Por muy paradójico que pueda parecer, la verdadera función del psicoanálisis, lejos de ser la de permitirnos gozar, es la de no permitirnos hacerlo. Quizá es el único gran discurso cuyo principal mensaje para el sujeto es "no debes disfrutar", el único gran discurso que te permite no gozar. En este sentido, te concede una libertad total en contra de todas esas propuestas sobre el goce. Por otra parte, el resultado de esta actitud totalmente permisiva de las sociedades occidentales es que nuestras vidas están más reguladas que nunca. Qué desesperación en la gente para conseguir gozar, no a la grasa, sí al jogging, no al acoso sexual, la vida ya no puede estar más regulada. Lacan lo expresó muy bien cuando cambió la fórmula de Dostoievsky según la cual si Dios ha muerto todo está permitido por esta otra: si Dios ha muerto, todo está prohibido. Nos encontramos ante el fundamentalismo de la liberación. Creo que el psicoanálisis es hoy más necesario que nunca.

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